Minga 2026
SAMAY ALIENTO DEL COSMOS
"Las piedras que hablan al cielo"
En la cima de una colina silenciosa, donde el viento sopla como un canto antiguo, se alza la Aldea de María, un rincón escondido del sur de Nariño donde los Pastos aún conversan con el cielo.
Dicen los abuelos que antes de que llegaran los caminos de cemento y las luces eléctricas, los astros guiaban los pasos de los hombres, cada constelación tenía su voz, cada eclipse, un mensaje. Y en las noches claras de agosto, cuando el lobo celestial cruzaba el firmamento, los sabedores se reunían junto a las piedras talladas con símbolos que nadie ha logrado descifrar por completo.
Los petroglifos del Culantro y Las Cuevas no son simples rocas. Son códices abiertos al universo. Las serpientes grabadas en espiral no son solo animales: son ríos del tiempo, caminos del espíritu que conectan este mundo con el otro.
En esta comunidad, cada ciclo lunar es una advertencia o una bendición. La siembra de la oca y la papa no se decide mirando al calendario, sino contemplando el lenguaje de las estrellas. Cuando la luna llena se alza roja y temblorosa sobre el horizonte, es señal de que la papa nacerá fuerte. Pero si la luna nueva cae en un cielo sin luciérnagas, es mejor esperar: la tierra aún no está lista.
Fue en una de esas lunas que nació Samay, una niña de ojos tan oscuros como el fondo de la cascada Putisnán. Ella escuchaba voces en el viento y, según los mayores, entendía lo que decían las piedras. No aprendió en las escuelas, sino caminando con su abuelo Armando por los campos de petroglifos, donde él le señalaba con su bastón las figuras y murmuraba: “Este es el tiempo de la siembra y este, el del mono vigilante ”.
Samay soñaba con un fuego suspendido en el cielo, un sol doble que quemaba y curaba al mismo tiempo. Decía que los petroglifos no solo eran dibujos, sino mapas para regresar a un tiempo en que los hombres y las estrellas compartían la misma sangre.
Durante la fiesta del solsticio, cuando las familias del cabildo danzan alrededor del fuego encendido con ramas de sauco y cantos antiguos, Samay se levantó entre todos. Señaló el cielo y las montañas y dijo: “Vienen tiempos de siembra no solo en la tierra, sino en el alma. Debemos recordar lo que las piedras dicen. Debemos escuchar”.
Los sabios no la detuvieron. Sabían que en cada generación nacía alguien como ella, alguien que puede leer la piedra como se lee el viento. Desde entonces, la comunidad no solo venera sus fiestas como un rito antiguo, sino como un puente vivo entre lo visible y lo invisible.
Y en las noches, cuando el cielo se tiñe de estrellas y la tierra huele a cebolla recién nacida, aún se oye el eco de los lobos. Porque en la Aldea de María, Putisnán, las piedras no guardan el pasado: lo susurran al futuro.
La Fundación Cultural Indoamericanto presenta al Carnaval de negros y Blancos de San Juan de Pasto su obra número treinta y dos Samay, Aliento del Cosmos y esta vez desde la Aldea de Maria un lugar mágico en el sur de Nariño, territorio Pasto que guarda un pasado sagrado de comunicación con las estrellas y el conocimiento que da miles y miles de años de transmisión de saberes que merecen ser honrados y es que al final no somos sino polvo de estrellas. Que esta minga que hoy le entregamos al carnaval sea espléndida y que nos permita recogernos en la humildad de saber que la eternidad solo es un momento y que nuestra vida solo un suspiro.
Fundación Cultural Indoamericanto La Gran Minga Por la Vida



